Las celebraciones del Cinco de Mayo datan de hace más de un siglo y medio. Comenzaron en los pueblos mineros de la veta madre de California. Los californios estallaron de júbilo al saber que la resistencia del juarismo mexicano había derrotado a las tropas del poderoso imperio francés en la batalla de Puebla.
Desde entonces, la celebración no ha perdido su motivo original. Se guarda como símbolo de un pueblo que se une por lazos nacionales y que, aunque se doble por las peores adversidades, nunca se da por vencido.
Ejemplos: a más de un año de vivir en un permanente estado de asedio y zozobra por las redadas de ICE, los organizadores del multitudinario desfile anual en el populoso barrio de la Villita de Chicago y del desfile del Carnaval de Puebla de Filadelfia, una tradición de décadas, los cancelaron temiendo nuevos ataques.
En contrapartida, Minneapolis y St. Paul, las ciudades gemelas que fueron blanco del hiperviolento operativo Metro Surge y Los Ángeles resistieron los llamados y, pese al trauma de la violencia reciente, apostaron por celebrar todo el día la cultura y el orgullo, igual que lo hicieron muchas ciudades más.
Eso es resiliencia comunitaria, un espíritu que también se manifiesta de manera contante y sonante.
Según datos de la UCLA, los mexicanos de Estados Unidos han creado una economía tan pujante que, si fueran una nación aparte, ocuparían el octavo lugar entre las potencias del planeta. Y ese poder económico sería aún más impresionante si no fuera por la acrecentada labor de zapa que enfrenta el México de este lado de la frontera en forma de deportaciones masivas, cierre de fronteras, restricciones a las remesas y draconianas medidas fiscales y políticas encaminadas a despojarles de su parte justa en la riqueza nacional.
Pues bien, Puebla demostró que los sitios no son eternos. Un día, los latinos se alzarán y darán prueba irrefutable de soberanía plena.
Samuel Orozco
Director de Noticias e Información de Radio Bilingüe